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De L’Amor Feliç a Lipstick Traces. Doce años del debut

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Mucho ha llovido desde que en 1998 cinco jóvenes de entre 25 y 29 años uniesen sus fuerzas para fundar Mishima. David Carabén (voz y guitarra), Christian Aloy (guitarras), Marc Lloret (teclados), Oscar D’Aniello (caja de ritmos) y Dani Acedo (bajo) componían entonces sus primeras maquetas, antes de lanzarse al debut discográfico con el LP fundacional Lipstick Traces, de cuya presentación en el Nasti de Madrid se cumplieron once años el pasado viernes 23 de marzo -antes, claro, ya había sido presentado en Barcelona-. Lejos aún de los tiempos del Palau, a una década de distancia de conocer el Amor Feliç ahora presentado, Mishima daba sus primeros pasos haciendo del desparpajo su principal carta de presentación. Para los que nos enamoramos de aquellos dos primeros discos cantados en ingles, la felicidad era aquello. Por RUBÉN IZQUIERDO

  • En un amable guiño del destino, Mishima presenta su autodefinido como mejor disco del grupo once años y cuatro días después de su presentación en el Nasti de Madrid
  • Lipstick Traces fue editado por el sello Rest In Silence, gestado por los propios miembros de Mishima para sacar al mercado su primer LP después de las buenas críticas recibidas con sus primeras maquetas
  • Deudor de The Divine Comedy, Lipstick Traces fue acogido con muy buenos ojos por la crítica, lo que sentó las bases para todo lo que vendría después antes del gran salto

El cambio de década trajo Lipstick Traces, su primer disco, y Rest Is Silence, el sello que ellos mismos crearon para producir su ópera prima y para lanzar otros de los trabajos en los que sus diferentes miembros andaban enfrascados por entonces. Aloy formaba parte de Songstore y Marc Lloret de Felicidad Blanch. Los tiempos de Delafé & Las Flores azules aún no habían llegado. El temple, claro, no es el himno que es hoy. ¿Y nosotros?, unos adolescentes que se hicieron con una copia de Lipstck Traces casi por accidente. El mito Mishima empezaba a caminar.

La maqueta y el álbum fundacional de la banda poco tenía que ver con los últimos discos presentados por el grupo. Cantados en inglés, las influencias iban de Eccho and The Bunnymen a The Divine Comedy, una referencia por otra parte constante para David Carabén, como bien explica est semana en Time Out. “No queremos fijarnos en gente de hace 20 años, pretendemos hacer música de género“, comentaba un ilusionado Carabén a EFE los días previos al lanzamiento del disco. Mishima se convirtió ya entonces en un feliz anomalía en el panorama del rock catalán de la época, menos rico en contrastes que en la actualidad, y con Carabén y los suyos editando un primer trabajo que si bien no logró un eco mediático de primer nivel si empezó a darle un nombre, modesto, al grupo que presentaría doce años después el disco en catalán más esperado del curso.

Doce años después de la salida al mercado de Lipstick Traces, Mishima ha completado el camino al éxito en seis etapas. Seis discos de trayectoria ascendente que tuvo en su mágica noche en el Palau la falla tectónica requerida para abrazar el éxito

Visto con el tiempo, Lipstick Traces fue un estupendo álbum de debut. Un trabajo que recogía ya las inquietudes culturales de la banda –Brassens o Rilke están presentes en su último trabajo, en aquel fue el crítico musical Greil Marcus el que se llevó una mención, del que la banda tomó prestado el nombre de su aquí traducido como Retratos de Carmín para oficializar su debut- .

La referencia a Marcus no resultó gratuita. El trazo del carmín aludía a la belleza de los labios marcados, recuerdos de una noche desvanecida en el recuerdo, metáfora de la búsqueda de ese amor alcanzado al sexto intento. En Lipstick Traces, el amor era objeto de pérdida, doce canciones nostálgicas con una acogida muy cálida por parte de la crítica, que saludaba las referencias con entusiasmo -“admiradores de Magnetic Fields o Babybyd, están a la altura de las comparaciones”- apuntaba El Periódico en una crónica de Jordi Bianccioto y que tenía en ese recuerdo metafórico del carmín grabado a fuego un sentido figurado de evidente peso literario.

El estallido de popularidad que el grupo tuvo con su cambio al catalán no ha hecho justicia con sus trabajos previos cantados en idioma anglosajón. Es relativamente habitual en los grupos que empiezan su carrera cantando en inglés acabar derivando al idioma propio según se adentran en la madurez musical. Hacerlo a costa de renunciar a lo logrado con anterioridad se antoja un error.

El disco resultó por ser un recorrido emocional por el paso del tiempo de primer orden del que repasamos sus marcas imperecederas. Time after time actuaba en ese sentido como una sonada declaración de intenciones. El tema popularizado por Chet Baker situaba a los primeros Mishima en una buena marca espacio-temporal, una declaración de intenciones para lo que restaba por venir, aún a riesgo de empezar adaptando a un gigante, del que dejamos su versión original.

In the land of my dreams se situaba en las antípodas de aquel y evocaba la juventud, primeros sonidos electrónicos para un tema tierno en su acabado, parajes reservados al mundo de los sueños aludido en el mismo título, visto con cierta ingenuidad juvenil “en el mundo de mis sueño sme amararás mucho más”, cantaba Carabén acentuando lo que no era otra cosa que eso, el doloroso paso de un tiempo ya perdido. El carmín de Marcus antes de grabarse a fuego en nuestra memoria.

Younger se reveló como una de las mejores canciones de aquella carta de presentación hoy (casi) olvidada, tema que permitía a su solista dar lo mejor de sí mismo como vocalista, con la nostalgia aún como leit motiv, presente también en la mucho más sobria As time signs your skin. Y de ahí a Sometimes, el tema que convierte en Lipstick Traces en la joya olvidada que es hoy, un himno rico en contrastes redondeada con un magnífico colofón sonoro. El primer tramo del disco se cerraba con Wasn’t the pretty?, de nuevo con variaciones instrumentales de distinto tipo con el desamor de nuevo como protagonista, antes de abocarse en la segunda mitad del disco con la misma intensidad frugal que la vista hasta ese momento.

Si en L’Amor Feliç Mishima reformula lo cantado por Brassens, en Lipstic Traces hacía del desamor una epopeya intensa, un homérico camino al desamor cuyo notable resultado bien merecería una reedición

Letter To Lo conservaba -de hecho aún hoy lo hace, el disco ha sobrevivido bien al paso del tiempo- al Carabén más íntimo, buen preludio a la más pausa My while life crying y al noveno corte de kilométrico título. If God gave me the power to sense beauty why does He condman me to such a hidous life?, preguntas trascendentales  repetidas a modo de letanías repetidas más recitadas que cantadas -otra constante en algunos de sus discos venideros- que nos ponen en solfa el rush final del disco.

Covards y Scared se situaban como dos rara avis dentro del disco antes de su final, una culminación hermosa avivada con The doppleganger, con de nuevo lo literario jugando un rol principal. El dopplegänger, el doble fantasmal de una persona viva, actuaba como la despedida perfecta para un álbum rayano a lo excelente. En tiempos en los que todos abrazaremos el Amor Feliç merece la pena volver la vista atrás y encontrarnos a nosotros mismos antes de la felicidad alcanzada, cuando éramos jóvenes y despreocupados.

Portada del primer álbum editado por Mishima en el año 2000

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